LA GUAIRA 2026, LICUEFACCIÓN DESESTIMADA
Por Eric Omaña
Introducción
Escribimos esta pequeña reflexión desde el profundo
dolor que nos produce a todos nosotros y nosotras las consecuencias de los
sismos del 24 de junio de 2026 y sus réplicas que aún no cesan, tanto físicas
como sociales, y lo hago con todo el respeto a las víctimas y sus familiares y
amigos, incluida mi persona. Dolor que se funde con la rabia que me ocasiona
ver la presencia de personal de países que están apoyando en las labores de
rescate, personas a quienes sin duda agradecemos su presencia, pero cuyos
países de origen no se plantean eliminar sus medidas coercitivas unilaterales;
es decir, países que ejercen una falsa labor humanitaria, y como dice un refrán
del pueblo católico: “Cuidado, cuando la limosna es grande, hasta del santo
desconfía”.
Rabia y dolor que he canalizado dando lo poco que
puedo dar, mi aporte para el “semáforo” que se ha creado para calificar con el
color verde a las viviendas habitables sin “riesgo”, con el color amarillo a
las que presentan un “bajo” riesgo y deben ser revisadas con la debida
precaución, y el color rojo para aquellas viviendas que se encuentran en una
zona prohibida y presentan un alto riesgo. Visitar a La Guaira, donde vivía, en
función de evaluar viviendas con la metodología creada, trae a mi mente las
imágenes de Gaza, el Líbano y otros lugares bombardeados por una fuerza aérea
extraña a esos territorios, pero en función francamente genocida.
Con estas notas vamos a intentar revisar, desde la
óptica de la ingeniería de la prevención, las causas que contribuyeron a
escalar las consecuencias del terremoto y sus causas raíces, no así las causas
inmediatas que son impredecibles, porque estamos en un planeta que tiene más de
4,5 mil millones de años girando alrededor del Sol y también de su propio eje,
ajustando a cada momento sus núcleos, el interno y el externo, con fuerzas que
al liberarse impactan permanentemente a la corteza terrestre, asiento de todas
las formas de vida conocidas, entre estas, a nuestra especie.
Las fallas tectónicas
El proceso de conformación de la corteza terrestre
pasó por lo que se conoce como Pangea (Tierra, en griego antiguo), el
supercontinente rodeado de un único mar, con sus montañas y fosas
respectivamente, que luego, por las fuerzas internas del planeta se fracturó en
los continentes que estudiamos hoy en Geografía, así como en los diversos
océanos y mares; los científicos explican que esto ocurrió en el periodo que va
desde hace 175 millones de años a 335 millones de años.
En ese proceso de conformación de la corteza
terrestre y también de la corteza marina, se destacan, mucho antes de Pangea,
zonas muy antiguas, por lo que son muy estables, que emergieron primero; si
quisiéramos dar un orden con ejemplos venezolanos, tenemos el Macizo Guayanés,
que se estima emergió hace aproximadamente entre 2.000 y 3.600 millones de
años, así como zonas muy recientes, menos estables, como las montañas andinas
que cuentan con una edad de apenas entre 5 y 10 millones de años, por lo que
presentan una relativa mayor sismicidad.
Y es en este breve vuelo sobre la historia de
nuestro territorio que entra el tema de las fallas tectónicas, porque la
separación de los continentes se basa en el movimiento de placas tectónicas, en
nuestro caso, del choque de la Placa del Caribe con la Placa Suramericana.
Ese choque genera: la Falla de El Pilar, que va
desde la Fosa de Cariaco en el estado Sucre hasta la isla de Trinidad; la Falla
de San Sebastián, que es principalmente marina, pero que emerge brevemente en
La Guaira, en la zona del Aeropuerto de Maiquetía, y que va desde Yaracuy hasta
Sucre; y la Falla de Boconó, que va desde cerca de San Cristóbal en el estado
Táchira, donde se conecta indirectamente con el sistema de fallas de Pamplona y
Chitagá en Colombia, hasta el golfo Triste, Morón, en el estado Carabobo.
Existen además fallas menores, no por esto menos
riesgosas, como la Falla de La Victoria, que va desde el noreste de Tinaquillo,
en el estado Cojedes, hasta la costa mirandina, atravesando Carabobo y Aragua.
Fallas “mayores y menores” constituyen un solo sistema, interconectado, por
donde la energía fluye, buscando al igual que el agua la vía con menos
resistencia a su paso para avanzar, es mi apreciación.
La ingeniería y los suelos
Desde la Antigüedad se entendió la importancia de
construir en suelos con roca sólida, no arenosos. Incas americanos y egipcios
africanos construyeron sus fortalezas y pirámides en suelos firmes; más tarde
en el Imperio Romano, hace 2.300 años, el ingeniero Vitruvio dejó en sus
escritos la enseñanza de construir solo en aquellos lugares donde la excavación
para las bases diera con suelos sólidos, descartando aquellas donde se
consiguiese barro y arenas sueltas.
Poco se aprendió de aquellas lecciones. Va a ser a
principios del siglo XX, producto del colapso de edificaciones cada vez más pesadas
y altas, que se empezó a estudiar el comportamiento de los suelos y el agua,
llegándose a establecer que esta, el agua, es un factor determinante en la
fortaleza de los suelos. De esa época deviene la necesidad de hacer estudios de
suelos previo a las construcciones.
La comprensión del problema, como el ocurrido en
Venezuela este 24 de junio, se sucede después de 1950, cuando se fusionan las
disciplinas de mecánica de los suelos con la geología dando lugar a la
Ingeniería Geotécnica, que explicó detalladamente el fenómeno de la
licuefacción con los terremotos de Alaska (EE. UU.) y Niigata (Japón), ambos
ocurridos en 1964.
En nuestro país, para 1967 ocurre el terremoto que
coincidió con la conmemoración de los 400 años de la ciudad de Caracas, que resultó
seriamente afectada con el colapso de edificaciones, y el litoral central,
donde colapsó la parte alta de la famosa Mansión Charaima, en la parroquia
Caraballeda, levantada violando la altura concedida por el respectivo permiso
de construcción de la Ingeniería Municipal, un detalle que marca la voracidad
del capital y la indiferencia, sin duda comprada por los constructores, de la
supervisión del sector gobierno.
También se afectó, entre otros, el Hotel Macuto
Sheraton, donde según me explicó un colega, para entonces joven inspector del
Ministerio de Obras Públicas (MOP), se usó la tecnología de reforzamiento de
columnas afectadas con polímeros, tecnología aún en etapa de ensayo, además de
la técnica tradicional de encamisar las columnas con concreto armado.
Para ese año, 1967, el litoral guaireño vivía un
lento pero progresivo incremento de la construcción de grandes edificaciones
cercanas a sus playas, respondiendo así a la demanda de una clase media con
relativamente fácil acceso a la renta petrolera que promovió el apetito de los
empresarios de la construcción. Incremento que se disparó en la década
1970-1980. El tema de la licuefacción de los suelos nunca fue tomado en cuenta,
porque no estaba contemplado en ninguna norma constructiva.
Las normas sísmicas
Las normas sísmicas en Venezuela han sido el
producto de situaciones no previstas. No fue sino hasta después del terremoto
de 1967 que se produjeron los primeros cambios constructivos al respecto, como
la prohibición del uso de cabillas lisas y, concomitantemente, introduciéndose
la cabilla corrugada; además se ampliaron los criterios para un futuro mapa
geológico de todo el país. La norma del MOP de 1955 clasificaba a Caracas y La
Guaira como zonas de "baja sismicidad".
La primera norma sismorresistente, la COVENIN 1756,
data de 1982, en la cual se exigió que las columnas fueran significativamente
más robustas que las vigas que soportaban. Esa norma tuvo reformas en 1988 y en
2001. En ningún momento se consideró el tema de la licuefacción. Y acá voy a
escribir algo por lo que asumo plena responsabilidad, ya que tuve esa
experiencia por haber sido integrante del Comité CT-6 de COVENIN, que elaboró
un centenar de normas de Seguridad e Higiene Industrial luego del accidente
catastrófico de Tacoa en 1982, también en La Guaira.
Las normas suelen ser hechas por los interesados, en
este caso por los empresarios de la construcción, y uno como ingeniero no puede
creer que el fenómeno de la licuefacción era desconocido para quienes en
nuestra costa guaireña construyeron cientos de edificaciones hoy colapsadas
totalmente.
Es interesante acotar que en el histórico de las
construcciones civiles en el Estado La Guaira se tiene que, entre el 60 y el 65
% de las edificaciones fueron levantadas antes de 1982 con la vieja norma MOP
1955, la cual permitía plantas bajas libres para estacionamientos, es decir,
sin paredes, lo cual implica alta vulnerabilidad por "piso débil".
Así fueron construidas muchas edificaciones de gran altura en Caraballeda, El
Caribe y Tanaguarena.
Después de la emisión de la COVENIN 1756:82 se
construyó solo entre el 10 y el 12 % de las edificaciones de La Guaira, ya que
el Viernes Negro prácticamente diezmó la demanda del boom de la construcción en
todo el país. La norma eliminó el concepto de piso débil, lo cual se confirmó
posteriormente con el terremoto de México en 1985.
Con la COVENIN 1756:98 el histórico de la
construcción cayó entre el 1 y el 2 % de edificaciones. Es la época que
coincide con el deslave de 1999. Esta modificación de la norma tampoco
consideró el tema de la licuefacción.
En 2001 se introdujeron mejoras a la COVENIN 1756 y
el histórico de la construcción empezó a registrar un importante aumento, entre
el 22 y el 25 % de edificaciones, que incluye las viviendas de la Gran Misión
Vivienda Venezuela. Es en esta época, concretamente en 2006, que se tiene un
punto de inflexión: por primera vez se hace público el tema de la licuefacción
de los suelos; lo hizo un equipo japonés de la Misión Internacional de NN. UU.
que estudió el deslave de 1999.
Por eso, en la versión más reciente de la COVENIN
1756, la de 2019, se hizo justicia por primera vez al tema de los suelos,
quizás bajo la influencia de aquel informe de los nipones. En las evaluaciones
post-sismo de las edificaciones levantadas en La Guaira, luego de la emisión de
esta reforma de la norma, se aprecia que las estructuras recientes cuyos
constructores usaron cabalmente la norma no colapsaron, mientras que en aquellas
que no lo hicieron, las edificaciones fallaron. Y aquí entra un tema escabroso:
la falta de fiscalización, tanto del constructor mismo como de la instancia
gubernamental, otrora fuerte hasta que la Ley Orgánica de Descentralización,
Delimitación y Transferencia de Competencias del Poder Público (1989) puso en
manos de las alcaldías esta función, donde no suele existir el músculo técnico
para ello.
Licuefacción de los suelos
La licuefacción del suelo es un fenómeno geotécnico
que hace que un terreno sólido pierda su resistencia y se comporte
temporalmente como una gelatina, conllevando a las edificaciones que sobre él
fueron construidas a presentar asentamientos severos, se inclinen drásticamente
o colapsen por completo. Las tres alternativas se aprecian en las edificaciones
afectadas en La Guaira.
Audemard y De Santis (1991) estudiaron, al frente de
un equipo de investigación de FUNVISIS, las estructuras de licuefacción
inducidas por un enjambre de 2.000 sismos débiles ocurridos en la costa de
Falcón en 1989, encabezados por dos sismos moderados de mb 5,7 y 5,0 (mb es la
Magnitud de Ondas de Cuerpo, un cálculo basado en la amplitud de las primeras
ondas sísmicas P que viajan por el interior de la Tierra) y que causaron
conmoción en El Tocuyo.
Estos autores concluyeron que terremotos de magnitud
5 tienen la duración y energía suficientes para provocar licuefacción en suelos
conformados por depósitos fluviales o deltaicos con alto nivel freático. En el
caso de La Guaira los depósitos son aluvionales, pero la relación del agua con
el suelo es la misma para el fenómeno de la licuefacción.
La principal recomendación de Audemard y De Santis
(1991) fue que “para quienes participan en la minimización del riesgo sísmico,
esta experiencia y estas observaciones podrían ser de interés geotécnico si la
licuefacción se considera un factor importante de peligro sísmico en áreas con
condiciones del terreno similares a las observadas en las zonas costeras del
este del estado de Falcón”. No se diga más.
La incultura preventiva
No somos Japón, país que tiene un alto desarrollo de
preparación ante las consecutivas tragedias que ha vivido. Todo lo contrario,
entendiendo que las comparaciones son odiosas. Pese a los sismos que hemos
vivido desde los años 50 del siglo pasado hasta esta época, solo hablamos de
prepararnos para el siguiente, pero pasado el tiempo nada hacemos. Nuestra
memoria es corta en ese terreno. Quizás nos preparan para no hurgar en el
pasado, pero debemos insistir.
Pongo este ejemplo de fallo al crear una cultura preventiva
de casi toda la ciudadanía y sus instituciones en un entorno específico,
supuestamente de avanzada académica, vivido en la Universidad Central de
Venezuela cuando un grupo de profesores, encabezados por la arquitecta Mercedes
Marrero, logramos la creación en 1995, por el Consejo Universitario y con el
beneplácito de todos los rectores, de la Comisión de Mitigación de Riesgos
(COMIR), con el propósito de transformar a la comunidad universitaria en una
institución modelo, formando profesionales y ciudadanos sensibles y preparados
para prevenir y mitigar riesgos.
La idea base era incorporar el tema en cada pensum de estudios y, concomitantemente, promover la investigación y la
extensión en todo lo relacionado con la mitigación de riesgos. El resultado ha
sido muy bajo, casi nulo para lo que se planteó en aquella oportunidad. Eso me ratifica esta idea que en verdad no estamos ganados para la prevención, ni en las industrias donde vemos los accidentes cada día.
Las causas de la tragedia o cómo prepararnos para el
futuro
Como prevencionista, observamos en primer lugar que
las causas inmediatas son entidades de la naturaleza, no controlables, no
predecibles, que están allí latentes, y lo han estado por miles de millones de
años, y que no apreciamos simplemente porque nuestros ciclos de vida no tienen
comparación con la historia del planeta.
En cuanto a las causas contribuyentes, estas son
muchas; es como en esos exámenes con preguntas de varias opciones y una indica
que la respuesta es “todas las anteriores”. Solo acopiaré las siguientes, pero
deben ser muchas más: la falta de una cultura preventiva, la carencia de normas
de construcción que respondan a las características de cada suelo y del
ambiente en general donde las obras son emplazadas, la corrupción siempre
presente que usa un permiso de construcción por esa vía obtenido para hacer más
apartamentos, etc.
Las causas raíces son de responsabilidad del Estado
y con ellos, de los distintos gobernantes, así como del sistema económico que
nos mueve, el capitalismo. Porque si alguien tiene que ver con la promoción de
una cultura preventiva es el Estado y sus instituciones; si alguien tiene que
ver con la fiscalización de obras son las instituciones de cada gobierno,
porque le corresponde parar la voracidad del capital con normas de construcción
que respondan al ambiente donde se va a construir.
De tal manera que prepararnos para lo que viene pasa
por corregir lo corregible, estas causas contribuyentes y estas causas raíces,
porque las inmediatas no están en las manos de nadie. Por ejemplo, he apreciado
que las edificaciones que menos colapsaron en La Guaira fueron las de pocos
pisos; eso de plano confiere la idea de que, en el futuro inmediato, en La
Guaira, ninguna construcción, así esté en una montaña como en la que vivo, pase
de 4 pisos, para poner un ejemplo de algo que hay que poner en la norma de
construcción ya, y no esperar el próximo sismo, aplicable a todas las
construcciones de la región norte-costera que corre paralela a la Falla de San
Sebastián, cuyos suelos en gran parte son aluvionales.
Referencias
Franck A. Audemard y Feliciano De Santis. (1991). Survey of liquefaction structures induced by recent moderate
earthquakes. Bulletin of the International Association of
Engineering Geology. Vol. 44, pp. 5–16.
Data histórica
rastreada con I.A.
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